La sabia vida del viejo árbol

La sabia vida del viejo árbol

Se sentía totalmente devastada. Su vida se había ido convirtiendo en una colección de horrores y desgracias, y no podía sentirse más desesperada que ahora.

Estaba sentada en medio de una vereda abandonada, debatiendo con la única opción que creía que le quedaba: acabar con su vida. Pero a través del río de lágrimas que le empañaban la visión, apareció una figura borrosa que le obstaculizó la vista.

Levantó la mirada y se talló los ojos. Frente a ella, había una anciana mugrosa y harapienta.

-¿Porqué lloras, muchacha?- preguntó la anciana, con una sonrisa carente de dientes y muy bondadosa.

-Es que… ¡mi vida es un desastre! El hombre al que amaba me dejó por otra mujer, me despidieron de mi trabajo y ahora no tengo dinero para cubrir mis gastos, me hice unos estudios y resultó que tengo cáncer. Mis amigos me han dado la espalda, y mi familia no me entiende. Me siento sola y no tengo nada que esperar de la vida.

La anciana, achacosa, se sentó al lado de la muchacha. No dijo absolutamente nada, y ambas permanecieron en completo silencio durante un rato.

-¿Ves ese árbol?- señaló la vieja con un dedo nudoso y deforme.

La muchacha levantó la vista. Frente a ella había un árbol semi torcido, creciendo en el centro de un tocón.

-Si.- respondió la chica, que no tenía ni idea del porqué era relevante un simple árbol.

-Ese árbol fue, una día, algo majestuoso. Lo sé, porque yo solía treparme a él cuando era una niña. Sus ramas eran fuertes y su tronco, firme. Daba una sombra maravillosa, y todos los niños que jugábamos aquí dormíamos la siesta cuando el sol se volvía insoportable. En verdad era un gran árbol.

La anciana se detuvo un momento en su narración. Sus ojos brillaron y se llenaron de recuerdos del pasado.

-Pero un día, después de una gran tormenta, cuando nos acercamos a jugar en el árbol, lo encontramos quemado y partido casi a la mitad. Nuestros padres decidieron que ya no era seguro que estuviera así, y lo cortaron, dejando ese triste muñón que ves ahí.

>>Pero los árboles son más sabios que las personas. Saben que la vida está dentro de ellos, y no se dan por vencidos solo porque los hayan cortado. Aunque parezca que la vida del árbol terminó, apenas está empezando. Porque la vida está en sus raíces y no en su tronco. Puedes cortarlo, quemarlo, pero mientras sus raíces estén bien asentadas en la tierra, seguirá creciendo. Aunque tenga que empezar desde cero.

-¿De qué hablas, anciana? ¡Yo no soy un árbol! ¡Tengo cáncer, no tengo trabajo, no hay nadie que me cuide! Me estoy muriendo. ¿No sería mejor acabar de una vez con este sufrimiento?

-Si te han arrancado las raíces, es probable. Pero aún estás viva. Yo diría… que todavía tienes mucho por hacer. La decisión es solo tuya.

La anciana se levantó de su asiento y se alejó, con su andar lento y pausado, dejándola más consternada que reconfortada. ¡Qué iba a saber esa vieja chiflada, después de todo!

Justo se iba a levantar para marcharse cuando llegó un joven hasta donde se encontraba. Parecía sorprendido por alguna razón y miraba a todos lados, buscando algo.

-Buenas tardes. ¿Disculpa, de casualidad viste a una anciana por aquí?

-Hace poco estuvo aquí. Pero se marchó.

-¿Se marchó? Es extraño… siempre está sentada frente a este árbol por las tardes.- dijo en voz baja, más para sí mismo que para la muchacha.- Es una lástima. Creo que hoy no vamos a poder leer.

-¿Conoces a esa mujer?- Preguntó la chica, con la curiosidad un poco picada, sin saber porqué.

-¡Todos en el pueblo la conocen! ¡Es impresionante!

-¿A qué te refieres?

-Verás… esa mujer vivía en el pueblo cuando era niña. Fue una de las primeras mujeres que estudió y se graduó en la universidad como doctora. Regresó al pueblo a ayudar y trajo muchos bebés al mundo. Ha ayudado a muchas personas. Y a pesar de todas las desgracias de su vida, sigue haciéndolo. ¡Verla bailar en las fiestas del pueblo es todo un espectáculo, te lo digo yo!

-¿Cuáles tragedias?

El muchacho le lanzó una mirada triste.

-Bueno… se enfermó, ¿sabes? Cuando estaba embarazada. No sé exactamente que tuvo, pero fue grave. Perdió al bebé. Y poco tiempo después, su marido la dejó. Ya no podía resistir el dolor que sentía por haber perdido a su hijo. Nadie supo más de él, porque nunca volvió al pueblo.

>>Su enfermedad hizo que se retirara del trabajo. Perdió todo su dinero en tratamientos, por lo que yo sé. Nunca ha vuelto a estar del todo bien, y apenas tiene fuerzas para trabajar. Pero si necesitas ayuda, hace lo posible por ayudarte. No importa quién seas.

>>Como no tuvo hijos, se ha dedicado a cuidar de todos los niños del pueblo. Le decimos abuela, aunque todos tenemos abuelas propias. Y yo vengo a leerle todos los viernes por la tarde, cuando salgo de la escuela.

-No tenía idea…- dijo la muchacha, asombrada.- ¿Y porqué vienes a leerle aquí?

-Dice que le gusta este árbol. Al parecer lo cortaron cuando ella aún era niña. Me contó una vez que eso la puso muy triste, y durante mucho tiempo se olvidó del árbol. Entonces, un día, descubrió que le estaba saliendo un brote. Y que desde entonces, empezó a crecer y crecer. Ahora es un árbol más grande, y un poco torcido. Pero resistió mucho y aún sigue con vida.

>>Ella dice que eso la ayudó a darse cuenta de que, sin importar cuán dura fuera la vida, todos teníamos la fuerza necesaria en el interior para volver a nacer.

>>Y desde entonces, se sienta frente a este árbol todas las tardes. ¡No conozco a nadie más fuerte y más viva que ella!

Se quedó callada un momento. Algo en su interior se había inquietado, y no sabía qué hacer al respecto.

-Bueno. Supongo que iré a buscarla a su casa, entonces. Lamento haberte molestado.- dijo el muchacho, que ya se marchaba por la vereda.

-¡Espera!- gritó la muchacha, levantándose de un salto. El joven la miró, interrogante.- ¿Puedes llevarme con ella?

El muchacho asintió lentamente. Ella, solo sonrió.

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